” Rufus, Los Inicios”, Cap. 8, (final de serie): “Las últimas lágrimas”

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Jose Pablo López
Doctor en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina; Creador de GEOCAST, canal de YouTube para la difusión de las Ciencias de la Tierra. Entusiasta escritor amateur en sus horas de ocio.

Por José Pablo López

Rufus y Naleeh ahora estaban en una celda lóbrega y húmeda, sujetos frente a frente con cadenas en las muñecas y tobillos que les impedían acercarse. Junto a ellos Melquíades, con una media sonrisa artera los observaba complacido y más atrás, con la mirada oscura y gesto hosco y avinagrado, TurJan apenas podía contener su rabia.

¡Los espera la horca, por traidores! -gritó TurJan fuera de sí

¡Pero antes van a sufrir hasta implorar que les coloque la soga alrededor del cuello!

Tranquilo, mi Señor, lo calmaba el sacerdote – de ese modo perdemos todos.

No me importa perder todo. ¡Lo que quiero es venganza!

Rufus sostenía la mirada en Naleeh, ajeno a las amenazas del Rey y a las promesas nefastas que profería. Le bastaba con llenarse los ojos de ella mientras tuviera vida, sólo deseaba que lo mirara una vez más, escuchar su voz sólo una vez más, decirle que la amaba una vez más…  Naleeh no despertaba, colgaba de sus brazos y un delgado hilo de sangre corría por la comisura de sus labios.

Sería mucho mejor si se calamara, mi Señor… -intentó continuar Melquíades.

¡Basta, los quiero muertos! -seguía perdiendo el quicio un atormentado TurJan

¡Y si insistes, también habrá lugar en el patíbulo para ti!

Melquíades se envaró, les dio la espalda a los prisioneros y mirando fijamente a su Rey, alzó la mano y su voz tronó como si cayera desde el cielo:

¡Calla, inepto! ¡Apenas eres un triste remedo de Rey! Si no fuera por mí no serías más que un reyezuelo incapaz de un reino ruinoso y perdido y ¿te atreves a amenazarme? Eres quién eres y tu reino es el más grande del continente sólo gracias a mi magia y a mi poder. ¿Acaso debo recordártelo? -y le dedicó la mirada más fiera de su repertorio.

TurJan pareció recobrar el juicio y la calma y simplemente bajó la mirada, sumiso.

Lo que harás -continuó el mago – retomando el tono de voz previo – es casarte con tu prometida. Te aseguro que será la más amorosa de las esposas y la mejor compañera para reinar este pedregal infértil al que llamas reino.

El mago miró a Naleeh que había despertado y escuchaba atentamente.

“Es la única forma que tiene tu prometida de salvar del tormento eterno a su amado. He lanzado un conjuro sobre este aprendiz de mago y mientras ella se comporte como una esposa fiel y te mantenga conforme y feliz, Rufus conservará su vida y podrá alejarse de esta comarca para cumplir con el destino que los dioses le hayan fijado. O morir en el intento”, añadió socarronamente.

Prefiero que te ahorres el trabajo y me mandes ahora mismo al infierno, viejo decrépito. ¡Te advierto que allí te estaré esperando! – intervino Rufus agitándose violentamente.

Naleeh sintió la furia tiñéndole la cara y completó:

“Nunca seré su esposa ¡Te odio!” -mientras fulminaba con la mirada al rey, que sólo atinaba a encogerse de hombros, después del reto que había soportado.

¡Calla Rufus y calma a tu mujer! -continuó Melquíades impasible. Si no aceptan el trato, tu mujer será vendida a los piratas del Mar Negro, cuya fama con sus cautivas es bien conocida. Y mientras tu querida esposa se vuelve adicta a la tequina y aprende a disfrutar de las perversiones de sus amos, tú no volverás a ver la luz del sol y las minas de sal de Lumor te parecerán un paraíso.

Si eso es lo que cada uno desea para el otro, sólo tienen que rehusar mi ofrecimiento, pero si recapacitan todos habremos ganado con este dulce reencuentro: Naleeh será reina y vivirá rodeada de honores y respetos -miró significativamente al rey – Rufus retornará como cófrade a los caminos a cumplir los designios de sus dioses olvidados  y TurJan desposará a la hermosa Naleeh.

Y tú, mantendrás el poder sobre las tierras donde la magia aún es poderosa -intervino Rufus contrariado – te garantizaras el acceso a las Cuevas Impenetrables y al mayor yacimiento de mineral-que-late: con ello, nadie podrá amenazar tu liderazgo y el Gremio de los Magos permanecerá en las tinieblas.

¡Hagan su elección! Estoy comenzando a aburrirme. Los dejaremos solos para que tomen su decisión -dijo Melquíades y salió de la celda. Turjan ya había recuperado su compostura, mientras se dirigía a la salida se acercó a Naleeh y le dijo, casi con ternura: “no te equivoques y nos condenes a todos”.

Cuando la puerta se cerró, dejándolos solos, los esposos sólo atinaron a mirarse, Naleeh lloró en silencio y Rufus sentía que con cada lágrima de su amada se le escapaba un trozo más de vida.

Aún tengo fuerzas para un último hechizo -susurró Rufus. Si es tu deseo, acabaré con nuestras vidas en este momento y ya nunca más llorarás, mi amor.

No, esposo, no es lo que deseo. Si acabas con tu vida no se te permitirá el ingreso a los Campos Inmortales, donde los dioses te recibirán como el héroe que eres. Si haces eso, estarás condenado a la Senda de los Suicidas, donde deambularás entre tormentos y pesares. No es lo que te mereces ni lo que deseo. Sabes que nunca dejé de amarte y que tu amor me acompañará todo el tiempo que los dioses decidan concederme de vida. Deseo que conserves tu vida y enorgullezcas a los Dioses Antiguos, que me dejes hilvanar cada uno de los días con que Alfanara, la diosa del destino teja mis días futuros; deseo que me prometas que en la próxima vida, me buscarás y volveremos a cosechar granos en Monser; prométeme que me llevarás al río durante los festivales del estío y yo te prometo cocinar tu pan y mantener cálido nuestro lecho. Y aunque no volvieron a hablar, sus miradas los devolvieron a aquellos días en que todo parecía posible y hasta se animaron a proyectar un futuro que podría haber sido.

Cuando llegó el alba, se abrió la puerta de la celda y entró un Melquíades parco y resuelto:

Rufus, te irás antes que el matrimonio se haya consumado y no podrás volver a ver a Naleeh, si es que de verdad la amas y tú, mi reina -mirándola a los ojos – cumple con tu deber y garantizarás que este hombre no sufra con mi conjuro.

La última vez que Naleeh vio a Rufus fue cuando un par de guardias armados, se lo llevaban mientras se debatía con las escasas fuerzas que le quedaban. Cuando se secaron las últimas lágrimas, supo que ya nunca más lloraría en este mundo.

Así se iniciaron los días de Rufus, el Vagabundo, el Azote de los demonios, el Caminante; allí empezó a forjarse la saga del Héroe sin pasado que lo llevaría hasta los confines del Universo buscando lo que ya no le pertenecía y dejando en cada golpe de su espada invicta un jirón más de su alma deshecha.

FIN

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