“El Mar” – Cap. 2: “El ejército”

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Jose Pablo López
Doctor en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina; Creador de GEOCAST, canal de YouTube para la difusión de las Ciencias de la Tierra. Entusiasta escritor amateur en sus horas de ocio.

Por José Pablo López

El ejército

El general no necesitó oír el informe de su expedicionario. Sabía que el mar continuaba siendo un augur cada vez más difuso y que el horizonte era sólo una perversa falacia.

Comenzaba a dudar de cuánto tiempo más podía alimentar su tropa con el maná de una esperanza cada vez más esquiva y sin embargo sabía que era la única oportunidad que tenían de volver a consagrar ofrendas en el Templo de Los Inmortales.

Sus hombres significaban todo para el general y les había fallado en las montañas, no lo haría de nuevo en el desierto.

De nada importaba el hecho que habían sido superados diez a uno y que un traidor los había vendido por treinta dineros; poco importaba que habían luchado como leones heridos y que, pese a todo, la victoria casi pudo haber sido suya.

Casi…

Mientras Ergán se aproximaba al trote desganado, como si no quisiera llegar nunca, el general escrutaba el cielo naranja y turquesa del atardecer, debajo del cual se estaba formando una tormenta de arena que acabaría con la vida de los soldados más débiles, y no había nada que pudiera hacer.

Ordenaría colocar las carretas en círculo, pero sin telas para protegerse de la arena que los azotaría impiadosamente hasta el amanecer, sólo resistirían los más fuertes y los más lúcidos, aquellos que pudieran mantener la calma y los que aún encontraban refugio en sus oraciones.

Primero llegaría el olor intenso y límpido de lo inevitable, abriéndose paso a través de la maraña de brazos torpes, gritos descontrolados y choques de metales que alguna vez refulgieron en el combate…

Luego llegaría el azote de miles de diminutos y certeros látigos, esmerilando cuerpos y almas…

Finalmente, cuando la calma tibia se entremezcla con las luces del nuevo día, algunos cuerpos ya no se moverían y otros, al compás de latidos acelerados se exasperarían por conseguir bocanadas de un aire tibio y escaso que les rasgaría las gargantas.

Puedes leer la primer parte aquí

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